Lo confieso. Estoy enganchado a
American Idol. El año pasado ya me dejé atrapar por este tentador programa de la FOX (no en vano es el show número uno de la televisión) y este año con tan sólo dos emisiones lo he vuelto a hacer. Para qué negarnos, el éxito de este programa radica en su perfección: está magistralmente construido, y logra tenerlo todo, o casi todo.
Comenzando por el presentador, el funcional
Ryan Seacrest que se toma la molestia de grabar la voz de todos los resúmenes y desplazarse ahí donde se realiza el casting (algo nunca visto en este país). Siguiendo por los jueces, un trío de ases carismáticos y que saben montar una buena función entre ellos, destacando como no a
Simon Cowell y sus comentarios, que ya han dado para escribir un libro. Me gusta la forma de decir las cosas a la cara (a veces
demasiado directa), sin tapujos, algo que no se estila por aquí. Pero si algo sobresale en el show es la realización: vídeos tremendamente ágiles, movimientos de cámara sincronizados, iluminación sobresaliente y todo condensado en 40 minutos (¿han visto un programa así aquí que dure menos de 3 horas?).
En definitiva, una delicia visual, guionizada con picardía, mucho sentido del humor y una gran dosis de espectáculo. Otra razón más para no encender aquí la tele.